angelapradelli

Emblemática y emotiva historia contada con pasión de escritora.

La cita era en San Bernardo, uno de los bares notables de Buenos Aires, fundado hace más de cien años en ese mismo local sobre Corrientes, en pleno Villa Crespo, cerca de la iglesia del Cristo de la mano rota, esa que hipnotiza a Adán Buenosayres. La elección parecía obvia, ya que Ángela iba a estar por la zona pero no vive en la ciudad; debíamos optar por una referencia inequívoca. Una vez allí, me pregunté si había sido la mejor opción… En el fondo del salón hay mesas de pool y el bullicio del atardecer de jueves no tardó en hacerse sentir. Aunque, más tarde, no pude evitar pensar en esos escenarios cotidianos que guardan un pedazo de historia. Historia grande y pequeña, con mayúscula y minúscula. El encanto de esa mesa en la que Celedonio Flores compuso algún tango, la misma en la que cientos, miles de vecinos desayunaron, se enamoraron, discutieron, cerraron tratos… Esa visión, desde una esquina de un café de Buenos Aires, es la misma que articula la obra de Ángela Pradelli.

Conversar con ella, escuchar su historia, la de su familia, es repensar la mía, la de mi familia, la de quien la escucha. Hija de una familia italiana de nacimiento y argentina de adopción, la cuestión de los orígenes atraviesa a la escritora y a su obra. En 2004, ganó el Premio Clarín Novela con El lugar del padre (Clarín – Alfaguara), colección de breves capítulos (casi semblanzas) en los que reconstruye su relación un padre ya fallecido. Diez años después, en El sol detrás del limonero (Bien del sauce), fue más atrás en la indagación de su historia familiar, rastreando los lazos entre su abuelo paterno y los seres queridos que, con la emigración, dejó atrás.

angelapradelli1“Mis cuatros nonnos eran italianos. Mis abuelos paternos se instalaron en Burzaco. Los maternos, en Villa Regina, Río Negro. Mi infancia fue muy italiana, aunque entonces no lo sabía. No conocía Italia, conocía mi casa y asumía que la vida era esa, las comidas, los hábitos, las costumbres. Recuerdo un museo en Sicilia, donde se explicaba cómo se preparaba el vino… ¡Y así lo hacía mi tío cuando yo era chica!”.

Estudiaste Letras, ejerciste la docencia, sos escritora. Tenés, supongo, una relación especial con la lengua. ¿Cuál es tu relación con el italiano, la lengua materna de tus abuelos, de tu padre?

Mi papá vino a la Argentina siendo muy niño. Tenía solo un año y medio. Así que aprendió a hablar acá. Su lengua siempre me resultó enigmática. Sus padres hablaban en italiano y apenas chapuceaban español. Y él comprendía el italiano pero, desde su niñez, siempre habló español. Nunca, nunca, una palabra en italiano.

A mí me pasó algo raro con esa lengua. Me crie en una casa junto a la de mis abuelos paternos, en Burzaco. Entre ellos, mis abuelos hablaban en italiano, así que comprendía algunas palabras. Siempre me llamaron la atención ciertas cosas. Mi abuelo, por ejemplo, cantaba en italiano. A veces se ponía muy triste o se emocionaba. Le pedía que me tradujera, que me explicara los motivos y se negaba. Seguramente recordaba escenas familiares, o de la guerra.

Con el tiempo, crecí y nunca estudié italiano, lo hablé o lo leí. Hasta que viajé a Italia y conocí a la familia de mi abuelo. Con ellos hablo italiano sin dificultades, a pesar de jamás haber estudiado el idioma.

Entonces, abuelos paternos en la zona sur del Gran Buenos Aires y maternos en Río Negro.

En Villa Regina. Una pequeña Italia. Ahí pasábamos los veranos. Era lo más normal ir por la calle y escuchar hablar en italiano. Por el contrario, casi no se oía el español. Las economías regionales estaban en manos de los italianos: las panaderías, el vino, las chacras, la fruta… Toda esa cultura, esa técnica, que acá fue tan fuerte y que los inmigrantes trajeron con ellos. Hay tanto del hacer cotidiano que vino en esos barcos que ni siquiera lo advertimos, lo naturalizamos como nuestro.

Hace un par de semanas escribiste una crónica sobre la nonna de Regina y su manera de rezar…

Mi abuela hablaba en italiano, por supuesto, pero rezaba en español. No era una mujer especialmente practicante, tenía fe, especialmente en las palabras. Entonces, a la noche y en algún momento del día, podías ver que dejaba todo y se iba a rezar, siempre en español. Pienso que, quizás, era una forma de sentirse menos marginal en un país en el cual, al fin de cuentas, era una extranjera. En ese momento, yo no lo detectaba, pero ella tenía una angustia relacionada al desarraigo, a esa tierra dejada atrás.

Y después de esa infancia tan italiana llegó el momento de conocer la tierra de tus ancestros, esa travesía que narrás en El sol detrás del limonero…

En 2010, viajé a Suiza con una beca de la Fundación Pro Helvetia. Una mañana decidí cruzar a Italia, a conocer Peli, el pueblo del norte en el que mi padre había nacido.

No tenía demasiada información sobre la localización precisa. Mi abuelo escribía cartas a Modesto, su hermano menor que había quedado en Peli. Mi abuela era casi analfabeta. Cuando mi abuelo falleció yo tenía ocho años, y el vínculo con la familia italiana se cortó.

No fue fácil encontrar el pueblo y, encima, ese día diluviaba. En Milán tomé el tren a Piacenza. Allí nadie supo cómo llegar a Peli. Me recomendaron ir a Bobbio. Allí, en la comuna, encontré a Tilde, la cartera de los pueblos de la región durante cuarenta años. Fue ella quien me llevó, finalmente, a Peli, a la casa de los Pradelli: María, Rita y Gianni, los sobrinos de mi abuelo, los hijos de Modesto. Fue vernos y fundirnos en un abrazo, sentí que había crecido entre ellos.

Los hijos de Modesto habían sido los guardianes de las cartas durante todas esas décadas…

Claro. Esa tarde conversamos mucho y en un momento evoqué la imagen de mi abuelo, escribiendo esas cartas bajo la parra. Cuando nos despedimos, Rita me dijo al oído que tenía las cartas en su casa de Génova: “Son tuyas”. Con el tiempo le pregunté por qué las había guardado tantos años. No sabía. Había estado muchas veces a punto de tirarlas pero, a último momento, no podía. Luego supo, me dijo, que tenía que protegerlas hasta que yo fuera a buscarlas.

Recuperar esas cartas fue recuperar a mi abuelo, al abuelo de mi niñez. Pero ese viaje significó también la vinculación con esa parte de mi familia.

Pienso que hay una cuestión que tiene que ver con nuestro ser argentinos. Somos un pueblo que recibió inmigrantes y se constituyó en ese cruce de culturas. Las emigraciones, los exilios, son más recientes en nuestra historia. Entonces tendemos a pensar en la vida de nuestros abuelos y bisabuelos que vinieron para acá, pero no en sus parientes que quedaron del otro lado del océano. También ellos fueron atravesados por la experiencia de la migración.

Absolutamente. Cuando conocí la casa de Gianni, en Génova, encontré una foto de mi familia. Recuerdo con mucha claridad esa Navidad, mi abuelo hizo venir a un fotógrafo que tomara la imagen de toda la familia. Por supuesto, lo había olvidado hasta que vi la foto ahí, colgada en la pared. Fue raro distinguirme entre otros parientes que, para el dueño de casa, sí eran cercanos. Sin embargo, Gianni sintetizó sencillamente: “Siempre tuvimos un pensamiento para ustedes”.

Cuando terminé de escribir el libro, recibí una invitación del Festival Internazionale de Poesía, en Génova. Ahí, frente al mar de la Liguria, cerca del puerto del que mi nonno había salido de Italia, leí los textos que escribí a partir de sus cartas. Alessandra Natale leyó en italiano y, simultáneamente, yo en español. Una lengua que acompañaba a la otra, un susurro. Cuando terminé, los Padrelli lagrimeaban en primera fila, junto al resto del auditorio. Porque no hay familia italiana que no haya perdido a alguien en la inmigración, alguien que no recuperó. Eso que para mí era la historia familiar, era la de todos los que estaban allí.

Con el tiempo, Ángela volvió varias veces a Peli. Los hijos de Modesto la esperan y tienen preparada para ella la habitación en la que nacieron su padre y su abuelo. La historia de El sol detrás del limonero, ese desplazamiento físico y emocional, es la reconstrucción de la otra mitad de esa memoria que, como argentinos, nos atraviesa. Asómense a la lectura. Seguro van a reconocerse en ella.  

Visto 1140 veces Modificado por última vez en 05 de Diciembre de 2017
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