VIAJES, CULTURA, TURISMO...

Nostalgia del primer encuentro

Antonio REQUENI, escritor, poeta, periodista. Ha visitado Italia en una infinidad de viajes y en las más variadas circunstancias: como joven estudiante, turista, por razones profesionales, como enviado del diario, invitado especial de empresas o de organismos oficiales, presentaciones de libros, para ser condecorado, para estudiar la organización turística de diversas regiones… Pero -a casi sesenta años de distancia- sigue hablando con vivo pálpito y con evidente añoranza su “primer encuentro con Italia”: un país que de ahí en adelante quiso conocer y descubrir ciudad por ciudad, pueblo por pueblo, monumento por monumento, hasta perfeccionar -desde aquel impacto que perdura- una relación única con su cultura, su historia, su gente, consagrando una identidad que brota y culmina en la palabra AMOR: la cual –como resumió en una de sus poesías- en definitiva quiere decir nada más que ROMA, leída al revés…

A principios de 1959 obtuve una beca para residir tres meses en París. Era entonces un joven veinteañero y trabajaba ya de periodista en “La Prensa”. Pedí una licencia de medio año pues antes de hacerme cargo de la beca quería recorrer otros lugares de Europa. Me respondieron que no podían otorgar una licencia tan larga; que me fuera y al regresar volverían a tomarme. Fue lo que ocurrió. Pero gracias al rechazo de mi pedido de licencia permanecí en el viejo continente no seis meses sino un año.

Me embarqué en el "Federico C" y después de l7 días de "Cielo e mare" (como el aria de la ópera de Ponchielli) descendí la planchada en Barcelona. Quería pasar dos meses en España, donde tenía tíos y primos, pero no tuve suerte; me acompañó siempre el frío y la lluvia. Además, era la época dura del franquismo y encontré una España pobre, triste, sombría.

Pasé después a Italia y allí, sí, la experiencia fue inolvidable. Una Italia afortunadamente con sol; era el país de la reconstrucción, pujante, de gente extravertida, alegre. Me quedé a vivir un mes en Roma recorriendo, feliz, sus calles y callejuelas, sus plazas, sus fuentes, sus museos: Plaza España, la Fontana de Trevi, el Panteón, Piazza Navona, Campo dei Fiori, el Coliseo y el Capitolio, el Gianicolo, el Vaticano. Recuerdo mis comidas en una trattoría barata a pocas cuadras de la pensión donde vivía; la mesa con el “fiaschino” de vino dei Castelli y "cillegie" como postre. El mozo, muy simpático, mientras servía cantaba “Farfalle”, la canción de Modugno entonces de moda. Recuerdo la noche en que, inesperadamente, vi filmar un fragmento de “La dolce vita” en la fontana de Trevi; la habitual “granita di caffé con panna” en un bar del Panteón; mis morosas caminatas por el Trastevere.

Después, una semana en Nápoles, Pompeya, Capri y la Costiera Amalfitana, la cajita de música que compré en Sorrento y todavía conservo; otra semana en Florencia y Fiesole, otra semana más en Venecia, yendo de un lado a otro en los ómnibus de la CIT y visitando Pisa, Siena, Perugia, Asís, Arezzo, Mantua, Urbino, Padua, Verona y tantas otras ciudades y pequeños pueblos donde viví la emoción del tiempo y de la historia, donde me empapé de belleza y experimenté una inexpresable sensación de felicidad.

Tanto fue así que tras cumplir los tres meses de la beca en París y antes de regresar a la Argentina, quise volver a Italia para despedirme de los lugares donde tanto había disfrutado.

Hace casi 60 años de aquel viaje iniciático y sentimental que me inspiró algunos poemas y muchas páginas en prosa. Desde entonces viajé no menos de quince veces a Italia (también a España, donde mejoré notablemente mi inicial impresión). Tuve oportunidad de conocer otros lugares de la península italiana: Turín, Milán, la bella costa ligur, el jardín de Las Marcas, la muy variada y atractiva Puglia, la maravillosa Sicilia. Pero a tantos años de distancia, me es imposible olvidar la fascinación de la primera vez. Volver a Roma, a Florencia, a Venecia, siempre es una fiesta, pero incomparable con aquel primer descubrimiento. Desde entonces siento que Italia es uno de mis lugares en el mundo.

Recuerdo las palabras escritas por el poeta romántico inglés Robert Browning, que vivió muchos años entre Florencia y Venecia: “Cuando muera, abridme el pecho, encontraréis grabada en mi corazón la palabra Italia”. Yo podría repetir, con alguna modificación, dicha frase: Cuando muera abridme el pecho, encontraréis grabada en mi corazón la palabra Buenos Aires, seguida por Italia.        

ROMA-AMOR

Visto 868 veces Modificado por última vez en 05 de Abril de 2017
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